miércoles, 18 de octubre de 2017

SER GOBERNADO, Pierre Joseph Proudhon

«Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, autorizado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido. Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado».









Papá Estado: otro de los efectos secundarios, cronificados casi, del apego o dependencia: y pensar que todo nace en la familia, tan convenientemente bendecida

domingo, 8 de octubre de 2017

AMÉLIE, Y EL PODER DE LA PALABRA, Mar Martínez

«Ella va a cambiar tu vida»
('Amélie', 2001, Jean-Pierre Jeunet)

El sábado trajimos a casa antes de lo previsto a Amélie: poco más de veinticuatro horas llevan conviviendo ella, una gatita de acogida de poco más de seis meses que amablemente me ha facilitado Karima desde la peluquería de animales que regenta (perr/uquerías las llamo yo, haciendo un juego de palabras desde que allá por 1990 me topé con una en Barcelona, -que me disculpen los catalanes-) y Lennon, que a sus diez años recién cumplidos sigue siendo el rey de la casa, como bien se lo ha hecho saber a Amélie. 

[© Yaiza L. M.]
La gatita viene por Yaiza, aunque no exclusivamente, claro: como con Lennon un día, es imposible no sucumbir ante ella y su elegancia, esa delicadeza casi fragilidad que desmiente sin pudor ante las pautas que Lennon le marca.

Pero a lo que iba, que no quería enrollarme:
Aunque inicialmente y tras la presentación y ubicación de rigor, hubo también que imponer unas pautas, a ambos, sigue siendo asombrosa su capacidad para entenderse: sin agresividad, sabiendo ellos de antemano dónde está el límite entre autoridad y violencia, con el respeto como única brújula ante ese su mundo donde imperan las emociones por encima de todo raciocinio de pastiche.
De cuando en cuando hay que levantarse de la silla y recordarles a cada uno su sitio, pero lo cierto es que basta con dirigirse a ellos en su lenguaje, sincero y emotivo, sin descafeinados adornos, para que se replieguen como reflexionando, ellos, los animales, irracionales, dicen, -y ¡menos mal!, como  bien me avisó mi amiga Ana-

Todo ello me llevó, irremediablemente también, a replantearme el poder de la palabra: esa palabra bella pero hueca que serpentea en su afán de hacerse imagen pero que verdaderamente no alcanza a transmitir amor de tan uperizada, pasteurizada y esterilizada. Esos malabarismos con que la palabra ha pasado a ser casi exclusivamente un arma de neurolingüística para mover montañas.

Y me duele, a mí, que amo la poesía, me duele ver cómo la palabra va perdiendo irremisiblemente su poder. Hace tiempo que digo que, lo mismo que con el, por si acaso, Banco Mundial de Semillas de Svalbard, si un día Trump o el coreano o, tal y como está el patio, los cada vez más proliferantes ultraderechistas europeos, nos llevaran al fin del mundo o, mejor dicho, al fin de la egocéntrica especie humana, serían ellos, los animales, la única y verdadera reserva de sentimientos que tampoco hemos sabido cultivar hasta casi borrarlos de la faz de la tierra, y de la mesa del pan de cada día también, porque ninguna oración, ningún poema, ninguna palabra, sirven de nada si no transmiten algo, si no se sienten de veras.

© Mar Martínez


sábado, 7 de octubre de 2017

¿POR QUÉ ESCRIBO? Félix Romeo

«Escribo porque soy diferente.
               Escribo para ser diferente.
               Empecé a escribir porque era diferente. Empecé a escribir porque quería ser diferente. Nadie quería ser escritor cuando yo decidí ser escritor. Recuerdo a un niño que quería ser dentista y a otro que quería ser mecánico. Tenía doce años. No conocía a ningún escritor. Nunca había hablado con un escritor. Había leído a Rimbaud. Había leído una biografía de Rimbaud. Había leído los manifiestos dadaístas y El hombre aproximativo de Tristan Tzara. Siempre había leído. Había leído los libros de Enid Blyton. Había leído los siete secretos y los cinco. Había leído otros libros que no eran de Enid Blyton pero lo parecían, como los de los tres investigadores.
               Y, antes de que supiera leer, mi madre me leía cuentos y me contaba historias que yo entendía a medias: historias de su pueblo, Castejón de Tornos, Teruel, junto a la Laguna de Gallocanta, que para mí estaba tan lejano como Tokio; historias de estraperlos; historias sobre la obstinación de los burros, sobre todo cuando hacía un frío del demonio y al parecer lo hacía siempre; de los maquis y sus razias; historias del azafrán y la dificultad de conseguirlo; historias de los carnavales secretos de la posguerra, con ensabanados y rondas; de las cartas de amor que le enviaba mi padre... personajes abandonados en mitad de la nada que trataban de escapar no se sabe de dónde ni cómo. Unas historias que luego leí en Agota Kristof.
               Quería ser un escritor porque era diferente y quería ser un escritor de los diferentes. Digo
escritor, pero lo que yo quería era ser un poeta diferente. En 8º de EGB fabriqué mis primeras plaquettes fotocopiadas. Las destruí poco después porque me daba vergüenza escribir tan mal. Ahora puedo decir que en esas plaquettes está lo mejor que he escrito.
               Quería escribir para robarle la máquina de escribir a mi padre, su más precioso tesoro: la cuidaba con esmero y no nos dejaba tocarla. Thomas Mann escribió un ensayo en el que hablaba de la gran cantidad que hay de escritores huérfanos de padre. El padre de Truman Capote desapareció y el padre de Alejandro Gándara se fue sin dejar rastro y el padre de… Mi padre era huérfano de padre, huérfano desde los dos años, pero a él se le pasó la vez y el que se hizo escritor fui yo. Huérfano heredero. Aunque mi padre escribía a máquina todo el tiempo: su Olivetti gigante con forma de ballena. Mi padre escribía informes sobre sus servicios de policía y sobre el tráfico y sobre las incidencias del trabajo. Tenía unas hojas de calco y guardaba copia de todo lo que escribía.
               Me hice escritor para robarle esa estupenda máquina de escribir. Me hice escritor para consumar un incesto raro. Mi padre me puso una condición para poder usar su Olivetti: aprender mecanografía perfectamente... una práctica que él, que escribía sólo con dos dedos, no conocía. Quizá pensaba que yo no conseguiría escribir a máquina, pero pasé el verano de mis trece años sacrificando la piscina y aprendiendo a escribir a máquina en una academia con un calor sofocante: asdf ñlkj etcétera. Así rendí a mi padre y le quité su bien más preciado. Truman Capote escribió algo sobre la mecanografía y la literatura, y es posible que, pese a su afirmación, se trate de ramas de la misma actividad. Durante un tiempo tuve que usar la máquina siempre en la mesa del comedor, bajo vigilancia, y guardarla siempre en su maleta. Mi madre cosía en su máquina de coser y yo escribía en mi máquina de escribir. Unos meses más tarde llevé la Olivetti ballena a la mesa de estudio de mi cuarto.
               Tenía catorce años y escribía poseído. Escribía todo el tiempo. Nunca he vuelto a escribir de esa manera y cuando escribo deseo poder volver a escribir así alguna vez. Febril. Enfermo. Escribía poemas. Escribía minúsculas vidas imaginarias. Escribía obras de teatro. Era diferente y quería ser un escritor diferente. Leía a Beckett, y mis obras de teatro querían parecerse a Esperando a Godot. Leía a Jack Kerouac. Leía a Henry Miller, al que había llegado siguiendo a Rimbaud, un camino excéntrico. Leía a Joyce, pero las piezas más raras, Poemas manzanas. Leía solo. Escribía solo. Entonces yo era el único escritor. Rey soberano.
               Aunque quizá leía más solo que escribía solo, porque entonces publiqué mis primeros poemas en una revista. No guardo ni un ejemplar. Me avergonzaba esa revista, sabía que estaba mal hecha, que era cutre... y aunque sabía que la revista estaba mal hecha y que era cutre, me sentía feliz porque publicando en esa revista que me avergonzaba me convertía en escritor. Nadie lo sabía, pero yo había cruzado una línea y ya no podía volver atrás. Recuerdo el nombre de la revista.
               Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que se publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible. Escribo para despertarme cada día en un lugar del mundo. Escribo para que me insulten. Escribo para seguir vivo. Escribo para no matarme. Escribo para saber lo que pienso. Escribo para mentir. Escribo porque soy feliz. Escribo para pedir perdón. Escribo para no pedir perdón. Escribo porque cuando escribo no vivo. Escribo para vivir más tiempo. Escribo porque me lo piden. Escribo porque no me reconozco en las fotografías. Escribo porque quiero dar mi versión de la historia. Escribo porque en mi escritura sólo mando yo. Escribo porque me gusta escribir. Escribo porque no sé conducir. Escribo porque soy vanidoso. Escribo para perder el sentido. Escribo porque busco el sentido. Escribo como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Escribo como el pescador de un barco congelador. Escribo para follar. Escribo para respirar. Escribo para no tener que escribir. Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme. Para volver a alcanzar ese estado febril. Febril y fabril. Escribo por insatisfacción. Escribo por venganza. Escribo por remordimiento. Escribo para confesar mis pecados. Escribo para esconder mi vergüenza. Escribo para reírme. Escribo porque me da miedo el fuego.
               Escribo porque tengo algunas historias viejas que contar. Las que me llenan la cabeza ahora sucedieron todas antes de que cumpliera veintiocho años: la de un asesino que mató a su mujer y con el que compartí celda en 1995 en la cárcel de Torrero de Zaragoza, que ya ha desaparecido, demolida por la piqueta; la de una loca, prima de mi padre, a la que visitamos en un manicomio de Valencia en el verano de 1975; la de unos curanderos de Petrel, Paco y Lola, que visitamos cuando mi abuela Rosario había sido desahuciada por los médicos.
               Mi padre me cedió su máquina de escribir. Y una vez que se la arrebaté ya no podía cambiar: tenía que escribir y tenía que ser escritor. Ahora, más que diferente, me siento extraño.»

Por qué escribo (Xordica Editorial, 2013)


FÉLIX ROMEO PESCADOR 
(Zaragoza, 1968 - Madrid, 7 de octubre de 2011)

miércoles, 4 de octubre de 2017

UN MAL SUEÑO, Mar Martínez

Ya no veo el duelo a garrotazos de Goya
No

Será que renace ese miedo de la infancia
junto al póster de icona queriendo salvar al lince y rapaces
y aquellas fotos de estómagos inflamados en África,
que es Rodríguez de la Fuente y sus carneros
a cabezazos por un territorio que creen suyo 
la imagen que me quita el sueño

[John Trent]

Y que me despierta cuando mis pies asoman
casi a un acantilado

No sé cómo acaba este mal sueño
Pero ya no sé si da más miedo despertar
o seguir mal soñando

© Mar Martínez

03 10 17

domingo, 1 de octubre de 2017

LA DESOBEDIENCIA CIVIL , Henry David Thoreau

«De todo corazón acepto el lema de que "el mejor gobierno es el que gobierna menos", y me gustaría que fuera honrado con más diligencia y sistema. En la práctica significa asimismo, lo cual también creo: "que el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto"; y cuando los hombres estén preparados para él, ese y no otro será el que tendrán. El Gobierno es, a lo más, una conveniencia; aunque la mayoría de ellos suelen ser inútiles, y alguna vez, todos sin excepción, inconvenientes. Las objeciones puestas al hecho de contar con un ejército regular, que son muchas y de peso, y merecen prevalecer, pueden ser referidas en última instancia a la presencia de un Gobierno igual de establecido. El ejército regular no es sino el brazo armado del Gobierno permanente. Este, a su vez, aunque no representa sino el modo elegido por el pueblo de ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de abuso y perversión antes de que aquél pueda siquiera actuar por su mediación. Reparad en la presente guerra mejicana, la obra de un número relativamente escaso de individuos que se valen del gobierno establecido como instrumento; pues, para empezar, el pueblo no habría consentido esta medida. Este gobierno americano ¿qué es sino una tradición, aunque reciente, que trata de transmitirse inalterada a la posteridad, pese a ir perdiendo a cada instante retazos de su decencia? Carece de la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo, pues éste puede doblegarlo a voluntad. Es como una especie de arma de madera para el pueblo mismo; y si alguna vez al usasen verdaderamente como real unos contra otros, de seguro que se les desharía en astillas. Sin embargo, no por ello deja de serles necesario; pues los individuos han de tener alguna complicada maquinaria que otra y oír su estrépito para satisfacer su idea de gobernar.
(...)
La gran masa de los hombres sirve al Estado, pues así; no sólo como hombres principalmente, sino como máquinas; con su cuerpo. Son ejército permanente y milicia establecida, carceleros, guardias, posee comitatus etc. En la mayoría de casos no existe ejercicio alguno libre, sea del propio juicio o del sentido moral, sino relegamiento al nivel del leño, de la tierra o de las piedras; y quizás puedan construirse algún día hombres que cumplan con igual perfección este cometido. Tales no merecen más respeto que un fantoche o que basura. Su valor raya con el de los caballos y los perros. Sin embargo, incluso se les reputa buenos ciudadanos. Otros, como es el caso de la mayoría de legisladores, políticos, juristas, clérigos y funcionarios, ven al Estado principalmente con la cabeza; y como quiera que raramente establecen distinciones morales, son tan susceptibles de servir al mal sin intención, como a Dios. Unos pocos, muy pocos, muy pocos, héroes, mártires, reformadores - que no reformistas -, y hombres sirven al Estado también con su conciencia, y así, se le resisten las más de las veces; y éste los trata como enemigos. El hombre prudente sólo se revelará útil y no se avendrá a ser "barro" ni a "obturar un agujero para detener al viento", sino que, por lo menos dejará esa tarea a su polvo.
(...)
Si alguien fuere a decirme que el presente es un mal gobierno porque gravó ciertos artículos extranjeros arribados a sus puertos, lo más probable es que me quedara impertérrito puesto que puedo pasarme perfectamente sin ellos: todas las máquinas poseen roces. Y posiblemente ello resulte en bien suficiente para contrarrestar el mal. En cualquier caso, es mal mayor el soliviantarse por ello. Pero, cuando los roces buscan máquina en que alojarse, y la opresión y el robo se organizan, yo digo: desprendámonos de esta máquina inmediatamente. En otras palabras, cuando la sexta parte de la población de un país que se ha arrogado el título de país de la libertad la componen los esclavos, y toda una nación es injustamente arrollada y conquistada por un ejército extranjero y sometida a la ley marcial, creo que no es demasiado temprano para que los hombres honrados se rebelen y hagan la revolución. Y lo que hace este deber tanto más urgente es el hecho de que el país así arrollado no es el nuestro, y sí lo es, en cambio, el ejército invasor.
(...)
Quienes no conocen fuentes de verdad más puras, que no han seguido el curso de ésta hasta cotas más elevadas, se atienen prudentemente a la Biblia y a la Constitución y beben de ellas con reverencia y humildad; pero quienes reparan por dónde brotan aquellas gota a gota para alimentar ese lago o aquella laguna, se fajan fuertemente la cintura y siguen su peregrinación en busca del manantial primero. No ha habido hombre alguno de genio legislador en América. Son raros en la historia del mundo. Abundan los oradores, los políticos, los hombres especialmente elocuentes, se cuentan por miles; pero no ha abierto aún la boca aquel orador capaz de resolver los numerosos y muy vilipendiados problemas que nos acucian hoy. Nos gusta la elocuencia por sí misma y no por la verdad de que pueda ser portadora o por el heroísmo que pueda inspirar.
(...)
Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad, y, en consecuencia, le dé el tratamiento correspondiente. Me complazco imaginándome un Estado, al fin, que puede permitirse el ser justo con todos los hombres y acordar a cada individuo el respeto debido a un vecino; que incluso no consideraría improcedente a su propio reposo el que unos cuantos decidieran vivir marginados, sin interferir con él ni acogerse a él, pero cumpliendo sus deberes de vecino y prójimo. Un Estado que produjere esta clase de fruto y acertare a desprenderse de él tan pronto como hubiere madurado prepararía el camino hacia otro más perfecto y glorioso, que también he soñado, pero del que no se ha visto aún traza alguna. »

La desobediencia civil (1848)


HENRY DAVID THOREAU

jueves, 28 de septiembre de 2017

LA HISTORIA INTERMINABLE (fragmento) MICHAEL ENDE

«Bastian le enseño al león la inscripción del reverso de la Alhaja.
-¿Qué significa? - preguntó.
- HAZ LO QUE QUIERAS
- Eso quiere decir que puedo hacer lo que me dé la gana, ¿no crees?
- No- dijo con voz profunda y retumbante-. Quiere decir que debes hacer tu Verdadera Voluntad. Y no hay nada más difícil.
- ¿Mi Verdadera Voluntad?- repitió Bastian impresionado- ¿Qué es eso?
- Es tu secreto más profundo, que no conoces.
- ¿Cómo puedo descubrirlo entonces?
- Siguiendo el camino de los deseos, de uno a otro, hasta llegar al último. Ese camino te conducirá a tu Verdadera Voluntad.
- No me parece muy difícil- opinó Bastian.
- Es el más peligroso de todos los caminos- dijo el león.
- ¿Por qué?- preguntó Bastian-. Yo no tengo miedo.
- No se trata de eso- retumbó Graógraman- Ese camino exige la mayor autenticidad y atención, porque en ningún otro es tan fácil perderse para siempre.
- ¿Quieres decir que no siempre son buenos los deseos que se tienen?- trató de averiguar Bastian.
- ¡Qué sabes tú lo que son deseos! ¡Qué sabes tú lo que es bueno o no!
Se puede estar convencido de querer algo -quizá durante años-, si se sabe que el deseo es irrealizable. Pero si de pronto se encuentra uno ante la posibilidad de que ese deseo se convierta en realidad, solo se desea una cosa: no haberlo deseado.»


(…)
«- No moriré tan fácil, soy un Guerrero.
- Si eres Guerrero, pelea con la Nada.
- Lo haría, pero no pude cruzar los límites de Fantasía.
(Gmork rió estrepitosamente).
- No le veo la gracia. 
- Fantasía no tiene límites.
- Eso no es cierto, ¡mientes!
- Niño tonto, no sabes nada de la historia de Fantasía. Es el mundo de las Fantasías humanas. Cada parte, cada criatura, pertenecen al mundo de los sueños y esperanzas de la humanidad. Por consiguiente, no existen límites para Fantasía...
- ¿Y por qué está muriendo entonces?
-Porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando a sus sueños. Así es como la Nada se vuelve más fuerte.
- ¿Qué es la Nada?
-Es el vacío que queda, la desolación que destruye este mundo y mi encomienda es ayudar a la Nada.
- ¿Por qué?
-Porque el humano sin esperanzas es fácil de controlar y aquél que tenga el control, tendrá el Poder.»



La historia interminable (1979)

MICHAEL ENDE

jueves, 21 de septiembre de 2017

miércoles, 6 de septiembre de 2017

KATE MILLETT, POLÍTICA SEXUAL (1970)

«El siguiente bosquejo, que cabría describir como “unos cuantos apuntes encaminados hacia una teoría del patriarcado”, se propone demostrar que el sexo es una categoría social impregnada de política. Por tratarse de un esfuerzo de alguna manera pionero, es, por fuerza, tentativo e imperfecto. Y, por otra parte, mi deseo de facilitar una descripción general me ha inducido a sintetizar ciertas afirmaciones, soslayar ciertas excepciones e introducir cierto grado de arbitrariedad en las subdivisiones.

Utilizo la palabra “política” al referirme a los sexos porque subraya la naturaleza de la situación recíproca que éstos han ocupado en el transcurso de la historia y siguen ocupando en la actualidad. Resulta aconsejable, y hoy en día casi imperativo, desarrollar una psicología y una filosofía de las relaciones de poder que traspasen los límites teóricos proporcionados por nuestra política tradicional. De hecho, es imprescindible concebir una teoría política que estudie las relaciones de poder en un terreno menos convencional que aquel al que estamos habituados. Me ha parecido, por tanto, pertinente analizar tales relaciones en función del contacto y de la interacción personal que surge entre los miembros de determinados grupos coherentes y claramente delimitados; las razas, las castas, las clases y los sexos. La estabilidad de algunos de estos grupos y la continua opresión a que se hallan sometidos se deben, precisamente, a que carecen de representación en cierto número de estructuras políticas reconocidas. (…)


ASPECTOS IDEOLÓGICOS      
De acuerdo con las observaciones de Hannah Arendt, el gobierno se asienta sobre el poder, que puede estar respaldado por el consenso o impuesto por la violencia. El primer caso equivale al condicionamiento a determinada ideología. Así, por ejemplo, la política sexual es objeto de aprobación en virtud de la “socialización” de ambos sexos según las normas fundamentales del patriarcado, en lo que atañe al temperamento, al papel y al estatus social. El prejuicio de la superioridad masculina, que recibe el beneplácito general, garantiza al varón un estatus superior en la sociedad. El temperamento se desarrolla de acuerdo con ciertos estereotipos característicos de cada categoría sexual (la “masculina” y la “femenina”), basados en las necesidades y en los valores del grupo dominante, y dictados por sus miembros en función de lo que más aprecian en sí mismos y de lo que más les conviene exigir de sus subordinados: la agresividad, la inteligencia, la fuerza y la eficacia, en el macho; la pasividad, la ignorancia, la docilidad, la “virtud” y la inutilidad, en la hembra. Este esquema queda reforzado por un segundo factor, el papel sexual, que decreta para cada sexo un código de conductas, ademanes y actitudes altamente elaborado. En el terreno de la actividad, a la mujer se le asigna el servicio doméstico y el cuidado de la prole, mientras que el varón puede ver realizados sus intereses y su ambición en todos los demás campos de la productividad humana. El restringido papel que se le atribuye a la mujer tiende a detener su progreso en el nivel de la experiencia biológica. Por consiguiente, todo cuanto constituye una actividad propiamente humana (los animales también traen al mundo a sus hijo y cuidan de ellos) se encomienda preferentemente al varón. Huelga señalar que el estatus se ve influido por semejante distribución de las funciones. Son indubitables la interdependencia y concatenación existentes entre las tres categorías antes citadas: el estatus, que cabría definir como el componente político; el papel, o componente sociológico, y el temperamento, o componente psicológico. Las personas que gozan de un estatus superior suelen asumir los papeles preeminentes, debido, en gran parte, al temperamento dominante que se ven alentados a desarrollar. Lo mismo cabría afirmar acerca de las castas y las clases sociales. (…)

INFLUENCIA DE LA CLASE SOCIAL
La estratificación de las clases sociales origina peligrosos espejismos acerca de la situación de la mujer en el patriarcado, debido a que, en ciertas clases, el estatus sexual se manifiesta bajo un cariz harto equívoco. En una sociedad en la que el estatus depende de de factores económicos, sociales y educacionales, puede parecer que algunas mujeres ocupan una posición superior a la de determinados varones. Y, sin embargo, un detenido análisis de esta cuestión demuestra que no ocurre así. Recurramos a una analogía sencilla: un médico o un abogado de color goza de un estatus social más elevado que el de un pobre cultivador blanco. Sin embargo, la conciencia racial -sistema de castas que engloba las distintas clases- logra convencer a este último de que pertenece a una categoría vital superior, mientras que, por el contrario, oprime espiritualmente al primero, cualesquiera que sean sus éxitos materiales. De modo bastante similar, un camionero o un carnicero siempre puede respaldarse en su “virilidad” y, en caso de sentirse ofendido en su vanidad masculina, idear algún método violento para defenderla. La literatura de los treinta últimos años describe un impresionante número de situaciones en las que la casta de la masculinidad triunfa sobre el estatus social de la mujer adinerada, o incluso culta. Bien es verdad que la literatura se limita a expresar deseos, al igual que ciertos incidentes tomadas de la vida misma (comentarios fanfarrones, obscenos u hostiles), que constituyen otra manifestación psicológica del dominio: tanto aquélla como éstos no traducen realidades, sino meras ilusiones, ya que la división de las clases sociales es, por lo general, impermeable a la hostilidad individual. Ahora bien, aun cuando tales muestras de enemistad no ponen en peligro la estratificación socioeconómica, reafirman la existencia de una jerarquía social que “castiga” a la hembra con eficacia.

La función desempeñada por las clases sociales y por los grupos étnicos en el patriarcado depende, en alto grado, de la claridad y de la fuerza con que se halle enunciado el principio de la supremacía masculina. Se verifica, en este campo, una aparente paradoja: mientras que, en los estratos socioeconómicos inferiores, el varón se siente más impulsado a reclamar la autoridad que le corresponde en virtud de su sexo, se ve, de hecho, obligado a compartir el poder con mujeres de su misma clase que resultan productivas desde el punto de vista económico; por el contrario, en la clase media y superior, el hombre manifiesta una tendencia menos acusada a demostrar de un modo áspero su predominio patriarcal, por gozar de un estatus que le permite afirmar su poderío en todos los campos.

Suele darse por sentado que los conceptos del amor romántico y del amor cortés han suavizado considerablemente el patriarcado occidental. No hay que exagerar, empero, la influencia ejercida por tales conceptos. Basta comparar la caballerosidad tradicional con la naturalidad del “machismo” o de la conducta oriental, para apreciar que no representa sino una concesión, un generoso resarcimiento ofrecido a la mujer para salvar las apariencias. La galantería es, al mismo tiempo, un paliativo y un disfraz de la injusticia inherente a la posición social de la mujer. Para el grupo dominante poner a sus subordinados sobre un pedestal no es sino un juego. Los historiadores que han estudiado el amor cortés subrayan que el éxtasis de los poetas no tuvo efecto sobre la situación legal o económica de las mujeres, y apenas modificó su estatus social.

De acuerdo con el sociólogo Hugo Beigel, tanto el amor cortés como el amor romántico constituyen “privilegios” otorgados por un varón dotado de plenos poderes. Ambos han oscurecido el carácter patriarcal de la cultura occidental y, al atribuir a la mujer virtudes irreales, la han relegado, de hecho, a una esfera de acción tan limitada como coercitiva. Así, por ejemplo, durante la época victoriana, la función de la mujer estribaba en encarnar, en cierto modo, la conciencia del hombre, llevando una vida ejemplar que éste juzgaba tediosa, pero deseaba presenciar.

El concepto del amor romántico es un instrumento de manipulación emocional que el macho puede explotar libremente, ya que el amor es la única condición bajo la que se autoriza (ideológicamente) la actividad sexual de la hembra. Resulta, no obstante, cómodo para ambas partes, debido a que es, con frecuencia, el único estado en el que la mujer consigue superar el fortísimo condicionamiento que mantiene su inhibición sexual. Contribuye, además, a encubrir el verdadero estatus femenino y el peso de la dependencia económica. En cuanto a la “caballerosidad”, cabe todavía observarla en las clases medias, donde ha degenerado en un monótono ritual que apenas logra disimular la actual diferencia de estatus. (…)

En último análisis, tal vez quepa argüir que las mujeres tienden a trascender, en el patriarcado, la estratificación tradicional de las clases, ya que, cualquiera que sea el nivel en el que haya nacido y se haya educado, la mujer no guarda, como el hombre, una relación inamovible con su clase. Como resultado de su dependencia económica, su afiliación a cualquier clase es indirecta y temporal. Según observó Aristóteles, el plebeyo no podía poseer más esclavo que su esposa. Hoy en día, el disponer de una sirvienta no remunerada constituye, para los hombres de clase obrera, un “amortiguador” contra las bofetadas del sistema de clases, que, de cuando en cuando, les proporciona alguno de los lujos psíquicos de que disfruta la clase holgada. Abandonadas a sus propios medios, pocas mujeres logran elevarse por encima de la clase obrera en lo que atañe al prestigio personal y al poder económico. Como grupo, las mujeres no gozan de muchos de los beneficios que cualquier clase ofrece a los varones, y viven, en cierto modo, al margen del sistema de clases. (…)

Conviene, sobre todo en un análisis basado en una discusión de la literatura moderna, dedicar unas cuantas líneas al problema racial, que según se está descubriendo, representa un factor decisivo de la política sexual. Tradicionalmente, el macho blanco tiene por costumbre conceder a la hembra de su misma raza -que, en potencia, es “su mujer”- un estatus superior al del macho de color. Sin embargo, al empezar a desenmascararse y corroerse la ideología racista, se está debilitando asimismo la antigua actitud de protección hacia la mujer (blanca). La necesidad de mantener la supremacía masculina podría incluso anteponerse a a la de mantenerla supremacía blanca; tal vez el sexismo sea, en nuestra sociedad, un mal más endémico que el racismo. Así, por ejemplo, en ciertos autores que hoy en día nos parecen manifiestamente racistas, tales como D.H.Lawrence -quien no oculta un descarado desprecio hacia lo que él denomina razas inferiores- se descubren episodios en los que el varón de casta inferior domina o humilla a la rebelde compañera del varón blanco. Huelga señalar que la hembra de tales razas no aparece en semejantes anécdotas sino como ejemplo del servilismo “auténticamente” femenino, digno de ser imitado por otras hembras peor amaestradas. La sociología blanca contemporánea cae con frecuencia en una deformación patriarcal cuando afirma con retórica que el carácter “matriarcal” (entiéndase, matrifocal) de la sociedad negra y la “castración” del varón de color son los síntomas más deplorables de la opresión que sufren los negros en la sociedad blanca racista, dando a entender que la injusticia racial puede remediarse mediante una restauración de la autoridad masculina. Un análisis sociológico de este tipo presupone los valores patriarcales sin someterlos a examen, oscureciendo tanto la naturaleza de la iniquidad racista como su responsabilidad frente a todos los seres de color, cualquiera que sea su sexo. (…)

LA FUERZA
No estamos acostumbrados a asociar el patriarcado con la fuerza. Su sistema socializador es tan perfecto, la aceptación general de sus valores tan firme y su historia en la sociedad humana tan larga y universal, que apenas necesita el respaldo de la violencia. Por lo común, sus brutalidades pasadas nos parecen exóticas o “primitivas”, y las actuales, extravíos individuales, patológicos o excepcionales, que carecen de significado colectivo. Y, sin embargo, al igual que otras ideologías dominantes, tales como el racismo y el colonialismo, la sociedad patriarcal ejercería un control insuficiente, e incluso ineficaz, de no contar con el apoyo de la fuerza, que no sólo constituye una medida de emergencia, sino un instrumento de intimidación constante.

El análisis histórico demuestra que la mayoría de los patriarcados han implantado la fuerza por medio de su legislación. Los patriarcados más estrictos, como el islámico, condenaban con la pena de muerte cualquier transgresión de la mujer contra la legitimidad y la dependencia sexual. En Afganistán y Arabia Saudí todavía se apedrea a la mujer adúltera hasta provocarle la muerte, ante la presencia de un mulah. La ejecución por apedreamiento constituyó, asimismo, una práctica harto difundida en el Próximo Oriente. No hace falta precisar que, en tales ocasiones, el cómplice masculino no recibe castigo alguno. Salvo en ciertos casos excepcionales, el adulterio del varón no se ha considerado hasta una época reciente sino como una posible afrenta contra la propiedad de otro varón. Así, por ejemplo, en el Japón de Tokugawa se respetaba un conjunto de distinciones legales fundado en las clases sociales. El samurai estaba autorizado y, si el incidente llegaba a oídos del público, obligado, a ejecutar a su esposa adúltera, mientras que el chōnin(ciudadano común) y el campesino podían actuar a su buen juicio. Un varón de clase inferior convicto de haber mantenido relaciones sexuales con la mujer de su patrono era decapitado junto con ésta, por haber violado los tabúes relativos a la clase y a la propiedad. Por supuesto, los varones pertenecientes a los estratos superiores gozaban, al igual que los de nuestras sociedades occidentales, de entera libertad para seducir a las mujeres de clase inferior.

Incluso en Estados Unidos, sigue vigente hoy en día una forma indirecta de “pena de muerte”. Al negarle a la mujer el control biológico de su cuerpo, los sistemas legales de los patriarcados la conducen a los abortos clandestinos, que, según las estimaciones más fiables, originan de dos mil a cinco mil muertes anuales. Si bien la violencia física recibe mayor refuerzo social en ciertas clases y grupos étnicos, cabe afirmar que la fuerza es un componente colectivo de la mayoría de los patriarcados contemporáneos. (…)

La firmeza del patriarcado se asienta, asimismo, sobre un tipo de violencia marcadamente sexual, que se materializa plenamente en la violación. Las cifras oficiales no representan sino una fracción del número real de violaciones, ya que la “vergüenza” inherente al percance basta para disuadir a la mujer agredida de recurrir a una acusación legal y a un juicio público (…). En la violación, la agresividad, el encono, el desprecio y el deseo de ultrajar o destruir la personalidad ajena adoptan un cariz claramente ilustrativo de lo que es la política sexual. En los pasajes analizados al comienzo de este estudio, tales emociones, que apenas se hallaban sublimadas, constituían un factor decisivo para explicar la actitud que se ocultaba tras el lenguaje y el tono utilizados por el autor.

Las sociedades patriarcales suelen relacionar la crueldad con la sexualidad, que se equipara, a menudo, tanto con el pecado como con el poder. Esta dualidad se manifiesta en las fantasías sexuales citadas por el psicoanálisis y expresadas en la pornografía. Se asocia invariablemente el sadismo con el “macho” (y el “papel masculino”) y la postura de víctima con la hembra (y el “papel femenino”) (…). Ante la índole sádica de las fantasías públicas que más agradan a las audiencias públicas que más agradan a las audiencias masculinas en los medios pornográficos o semipornográficos, cabe suponer, en las respuestas de dichas audiencias, cierto grado de identificación. Probablemente recorre a la sociedad racista un frisson colectivo semejante cuando sus miembros más “consecuentes” acaban de perpetrar un linchamiento. Ambos tipos de agresión representan, para el grupo, a nivel inconsciente, un acto ritual dotado de efectos catárticos.

La hostilidad se expresa a través de numerosas vías, entre las que destaca la hilaridad. La literatura misógina, vehículo principal de la hostilidad masculina, constituye un género cómico y exhortatorio. Es, de toda la producción artística del patriarcado, la manifestación más propagandista, ya que su fin radica en reforzar el estatus de ambas facciones sexuales. La literatura occidental de la antigüedad clásica, la Edad Media y el Renacimiento presenta un fuerte componente misógino. Las culturas orientales también poseen una firme tradición misógina, ligada principalmente a la doctrina confuciana, que arraigó tanto en el Japón como en la China. Hay que reconocer que la corriente occidental se suavizó notablemente al ponerse de moda el amor cortés. Ahora bien, los antiguos ataques y diatribas coexistieron con la nueva idealización de la mujer. En la obra de Petrarca, Boccaccio y otros escritores quedan plasmadas ambas actitudes, ya que la caballerosidad adoptada para responder a las efímeras exigencias del idioma vernáculo alterna en ellos con la grave animosidad en un latín sobrio y eterno. Al transmutarse el amor cortés en amor romántico, se perdió el gusto por la literatura misógina. Ésta degeneró durante el siglo XVIII, convirtiéndose, en algunos países, en una sátira rídicula y exhortativa, que, durante el XIX, quedó prácticamente desterrada de la lengua inglesa. Su resurrección en la mentalidad y en la literatura contemporáneas se debe al resentimiento suscitado por las reformas introducidas en el patriarcado y a la creciente libertad de expresión conseguida durante los últimos cincuenta años.

Desde la moderación de la censura se ha ha hecho mucho más patente la hostilidad masculina (ya sea física o psicológica) en los contextos específicamente sexuales. Ello no traduce, empero, un aumento signficativo de la hostilidad -que cabe considerar como un factor constante- sino, más bien, de la franqueza que induce a exponerla tras la larga prohibición de aludir a la sexualidad fuera de la literatura pornográfica o de otras producciones “underground”, tales como las del Marques de Sade. Basta comparar el eufemístico idealismo de las descripciones del coito contenidas en ciertas poesías románticas (Eve of St. Agnes, de Keats) o en las novelas victorianas (como las de Hardy), con el estilo de Miller o de William Borroughs, para comprender que la literatura contemporánea no sólo ha copiado el detallado realismo de la pornografía, sino también su carácter antisocial. La liberación de la tendencia masculina a herir o insultar permite, pues, apreciar con claridad el encono sexual del varón.

La historia del patriarcado es una larga sucesión de crueldades y barbaridades: la costumbre india de inmolar a la viuda en la hoguera funeraria de su marido, la atrofia provocada en la China mediante el ligamento de los pies, la ignominia del velo en el Islam, o la difundida reclusión de las mujeres, el gineceo y el purdah. Todavía se llevan a cabo hoy en día prácticas como la clitoridectomía, la incisión del clítoris, la venta y la esclavitud de las mujeres, los matrimonios impuestos contra la voluntad o concertados durante la infancia, el concubinato y la prostitución: unas en África, otras en Próximo o Lejano Oriente, y las últimas, en todas las latitudes. Los razonamientos que justifican semejante imposición de la autoridad masculina -es decir, aquello que suele denominarse “la lucha de los sexos”- se asemejan a las formulaciones profesadas en tiempos de guerra para disculpar las atrocidades cometidas, bajo el pretexto de que el enemigo pertenece a una raza inferior, o no es ni siquiera un ser humano. La mentalidad patriarcal ha forjado todo un conjunto de juicios sobre la mujer que cumplen este mismo propósito. Y tales creencias se hallan tan arraigadas en nuestra conciencia que condicionan nuestra forma de pensar hasta un punto tal que muy pocos de nosotros estamos dispuestos a reconocerlo».

‘Política sexual’(1970) -segundo capítulo- (Editorial Cátedra)

KATE MILLETT
(Saint Paul, Minnesota,14 de septiembre de 1934- 6 de septiembre de 2017)

martes, 5 de septiembre de 2017

NO ES SÓLO PASADO | Transmisión generacional del trauma de la violencia política del siglo XX en el Estado español

«Es muy importante conocer nuestra historia, saber más sobre lo que ocurrió durante el golpe de estado de 1935, la Guerra Civil, la posguerra, la dictadura y la posdictadura. Es importante saber qué les ocurrió a nuestros abuelos y contárselo a nuestros hijos. Es importante para entender quiénes somos y, sobre todo, cómo somos. Pero hay muchas razones por las cuales nosotros, los nietos de la Guerra Civil, sabemos poco sobre qué les ocurrió a nuestros abuelos. Este libro no es tanto sobre los hechos históricos en sí, sino sobre por qué no se habló de ellos y el impacto de ese silencio, el impacto del silencio en torno al miedo, a las pérdidas y a la violencia política del siglo XX en el Estado español, violencia que tuvo el horror de ser organizada y sistémica. En este libro vemos cómo ese impacto nos afecta ahora como generación y como sociedad.
     Lo que no se pudo hablar por el miedo, la represión o el desbordamiento psíquico, fue transmitido de nuestros abuelos a nuestros padres y a nosotros de forma no verbal y en gran parte a través del inconsciente. Hemos heredado, sin darnos cuenta y sin desearlo, aspectos nocivos del impacto emocional de lo que vivieron nuestros abuelos. Esta es la llamada «transmisión generacional». 
     Porque no sólo es pasado. Tenemos una herencia psicosocial que continúa viviendo en nosotros, consciente e inconscientemente, que da lugar a la repetición de maneras de ser y de comportarse, y a patrones relacionales que se reproducen de una generación a otra. La transmisión es portadora de secretos, de penas y de dificultades no resueltas. 
     Los expertos en la transmisión generacional de la violencia política y social apuntan que si en una sociedad no se elaboran los traumas causados por la violencia política del pasado de forma consciente y abierta, ya sea por razones externas (represión o estar ocupado luchando contra la represión) o internas (negación y desbordamiento psíquico), sus efectos nocivos interfieren en el funcionamiento social y político de futuras generaciones. Estos efectos se pueden constatar en comportamientos grupales e individuales como, entre otros, en el miedo a hablar (aun cuando ya no hay represión externa), a denunciar y a cuestionar el poder; en la vergüenza, en el victimismo y en la venganza, y en la necesidad de tener enemigos y otras formas de polarización.   
*[ polarización: El individuo se enfrenta a conflictos emocionales y amenazas de origen interno o externo viéndose a sí mismo o a los demás como completamente buenos o malos, sin conseguir integrar en imágenes cohesionadas las cualidades positivas o negativas de cada uno. Al no poder experimentar simultáneamente afectos ambivalentes, el individuo excluye de su conciencia emocional una visión y unas expectativas equilibradas de sí mismo y de los demás.]

     Los aspectos más dañinos de la transmisión generacional se traspasan, según los expertos (como Abraham y Torok, Tisseron, Volkan, Ortega y otros), a través del inconsciente. El inconsciente, como decía Freud, nunca olvida. Los comportamientos inconscientes de la generación que vivió un trauma como la guerra son percibidos y aprendidos, sin darse cuenta, por los hijos y los nietos mediante los silencios cargados de emociones, por los mensajes no-verbales que comunican que no se deberían hacer preguntas, por las maneras de evitar y reprimir las emociones y por los comportamientos y gestos cargados de intensidad. Los que vivieron la violencia política no pudieron llevar a cabo los necesarios procesos de duelo y elaboración del trauma porque se lo impidió la represión política de ese momento, porque estaban desbordados por la situación o porque estaban ocupados luchando contra el régimen. 
La vida parece normal pero lo que se lleva por dentro
amenaza con destruir su función comunicativa y expresiva.
GABRIELLE SCHWAB Haunting Legacies

     En el Estado español, 75 años después de la Guerra Civil y casi 40 años después de la muerte de Franco, décadas después del pacto entre poderosos y continuistas al que llamaron «Transición» y con una ley de memoria histórica de limitada utilidad, el tema de la trasmisión generacional casi no se ha abordado aún. Aunque hay activistas, académicos, escritores y cineastas que han tratado aspectos de la memoria histórica, el impacto transgeneracional sigue siendo un tema desconocido para la sociedad. Ni las valientes asociaciones que trabajan en la exhumación de las fosas comunes (casi todas aún sin abrir), ni los profesionales de la salud mental, ni los que luchan por una sociedad más democrática, son conscientes del enorme impacto de la trasmisión de la violencia del siglo XX en nuestra generación y en las próximas. Sí, ya se está hablando de la historia del siglo XX, pero no se ha hecho el duelo de lo que se perdió en 1936, ni el duelo de los muertos, de los desaparecidos, del sufrimiento de tantos años; ni se ha pedido perdón por el daño que unos hicieron a otros, ni por haber participado en actos violentos, ni sabemos cómo afecta todo ello en nuestra manera de sentir, ver y vivir.
     Pero, aunque seamos una sociedad con un pasado intenso, en la que no se conocen ni se atiende a los aspectos transgeneracionales de la violencia política, nuestro presente pide a gritos que se haga. La brutal crisis creada por el neoliberalismo, con las desigualdades económicas y sociales que se mantienen e incluso se incrementan por las manipulaciones de los poderosos, exige una respuesta colectiva que está frenada, entre otros factores, por la herencia de los aspectos dañinos que llevamos, sin quererlo, en nuestro inconsciente. Esta falta de elaboración del impacto de nuestra historia nos puede llevar a caer más fácilmente en las manipulaciones de los políticos y sus aliados, a quedar atrapados en sus polarizaciones, en sus estrategias de «dividir y conquistar» y en sus intimidaciones y amenazas, y nos impide tener el apoyo necesario de la población a la hora de establecer comisiones de verdad y otros procesos, desde abajo, para poder incluir lo que vivieron nuestros abuelos en la historia de la humanidad.»


     [Este libro pretende ser una pequeña contribución a los procesos de reflexión grupales e individuales para tomar conciencia de la mecánica de las trasmisiones que condiciona buena parte de nuestras acciones. También quiere ayudar a poder rescatar lo que llevamos en nosotros de la valentía y del compromiso con la justicia de nuestros abuelos y, al mismo tiempo, poder reconocer, poner en palabras, elaborar y así liberarnos de los aspectos emocionales de la transmisión generacional que nos impiden ser más libres y osados.]
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DESENTERRAR LAS PALABRAS | Transmisión generacional del trauma de la violencia política del siglo XX en el Estado español. | Clara Valverde Gefaell. Icaria editorial 
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18 de julio 1936-2014

sábado, 2 de septiembre de 2017

PORNO, INCULTURA Y SEXO

[Fresco de la Casa de los Amantes castos, Pompeya]
Acabo de encontrarme con un, digamos, artículo y, como hay que leer de todo, -de lo que no gusta también, para ver cómo anda el mundo por ahí-, me detuve a leerlo.
¿Sabes ese acelerar la lectura como si patinasen casi las palabras, para poder quitarte cuanto antes de encima el bodrio que, por lo que sea, te has visto en el deber de leer? Pues es lo que acaba de pasarme, y eso aun cuando, sabedora de que si paso rápido la vista por lo escrito en lugar de leer con calma, suele obligarme a releer. Quizá por eso cogí el cambio de marchas, porque para una segunda lectura no me da ya.

Al grano: este, llamémosle texto, es la prueba manifiesta de la escasa por no decir nula educación sexual: mientras que en Grecia se le daba tal naturalidad al sexo por intrínseco a la naturaleza que, -a ojos siempre del cristianismo-, roza la frivolidad, el puritanismo hizo del sexo un arma de control, y así, con la represión por norma, lo único que se ha logrado es que, todavía hoy, no se sepa distinguir entre la fantasía del sexo y la realidad de convivir. 

[Escena erótica de cerámica griega]
Todavía se confunde la entrega sexual, -esporádica, como el orgasmo-, con la sumisión absoluta en el día a día: el mundo gobernado por testosterona reprimida. Y así, no sólo se siguen consolidando familias (o hipotecas, como quieran) por orden hormonal, sino que al no tener otra brújula, se convierte el juego sexual de la cama en imperativo social cuando de género hablamos. Sólo se salva el delantal cuando de sadomasoquismo se habla.

Creo que era Leopoldo María Panero quién decía que «éste es un país de sudorosos obsesionados con el fútbol y los toros por culpa de la represión sexual»
 y tiene razón.


Mar Martínez
02 09 17

lunes, 21 de agosto de 2017

HATE-ODIO: LOS DOS MINUTOS DE ODIO, '1984', George Orwell

(Rescato de mi modesta biblioteca un fragmento de '1984', la gran distopía de George Orwell, tan real y certera, hoy día también):

«Estaba muy recto en su silla con el pecho hinchado y tembloroso como si resistiera el embate de una ola. La joven del cabello oscuro que había detrás de Winston había empezado a gritar: «¡Cerdo, cerdo, cerdo!», y de pronto cogió un grueso diccionario de nuevalengua y lo lanzó contra la pantalla. El diccionario golpeó a Goldstein en la nariz y rebotó: la voz continuó inexorable. En un momento de lucidez, Winston descubrió que él mismo estaba gritando con los demás y dando patadas con violencia contra el marco de la silla. Lo más horrible de los Dos Minutos de Odio no era que la participación fuese obligatoria, sino que era imposible no participar. Al cabo de treinta segundos, se hacía innecesario fingir. Un espantoso éxtasis de temor y afán de venganza, unos deseos de asesinar, torturar y aplastar caras con un mazo parecían recorrer a todo el mundo como una corriente eléctrica, y lo convertían a uno, incluso en contra de su voluntad, en un loco furioso. Y, no obstante, la rabia que se sentía era una emoción abstracta y carente de finalidad que podía dirigirse de un objeto a otro como la llama de un soplete. Así, al cabo de un instante, el odio de Winston se concentraba no en Goldstein, sino, por el contrario, en el Hermano Mayor, el Partido y la Policía del Pensamiento; en momentos así su corazón estaba con el solitario y denigrado hereje de la pantalla, el único guardián de la cordura y la verdad en un mundo de mentiras. Y poco después volvía a estar de acuerdo con la gente que le rodeaba y todo lo que se decía de Goldstein le parecía cierto. En esos momentos, el secreto odio que le inspiraba el Hermano Mayor se trocaba en adoración y el Hermano Mayor daba la impresión de alzarse como un protector valiente e invencible, que se interponía igual que una roca ante las hordas de Asia, y Goldstein, a pesar de su aislamiento, de su indefensión y de las dudas sobre su propia existencia, parecía un siniestro taumaturgo capaz de resquebrajar con el mero poder de su voz la estructura misma de la civilización.»

 ‘1984’ 
George Orwell


*[capítulo I, Primera parte, págs. 21-22 (Ediciones Debolsillo Contemporánea)]

domingo, 6 de agosto de 2017

PABLO NERUDA: EL PRIMER ENIGMA | Mario Amorós


[Pablo Neruda, Chile, 1904-1973]

               En 1964, Raúl Silva Castro reveló que el primer poema que firmó como  «Pabloneruda» fue «Hombre», escrito en Temuco en 1920 en una hoja con membrete del dirio ‘La Mañana’. En 1919, ya había firmado como «Neruda», entre otros, «Las palabras del ciego». En 1923, al publicar su primer libro, ‘Crepusculario’, como Pablo Neruda, consagró este como su seudónimo principal, en detrimento de otros que había utilizado o que empleaba aún entonces para otros escritos, como Sachka o Lorenzo Rivas.
      


         ¿Por qué Pablo Neruda? Durante toda su vida debió responder a esta pregunta, sobre todo a solicitud de los periodistas, que le imploraron una y otra vez que desvelara el primer enigma, el secreto primigenio de su trayectoria literaria. En sus poemas «El que cantó cantará», de ‘Las manos del día’, o «No sé cómo me llamo», de ‘Geografía infructuosa’, hizo referencia a la pérdida de su nombre original desde que se decidió a ser poeta. Sin embargo, se pronunció de manera confusa e incluso contradictoria respecto al origen del que desde el 1 de marzo de 1947 fue también su nombre legal.

[Jan Neruda , Praga, 1834-1891]
                 «Necesitaba un nombre para que mi padre no viera mis poemas en los periódicos. Él le echaba la culpa a mis versos de mis malas notas en Matemáticas. Una vez leí un cuento de Jan Neruda, que me impresionó muchísimo. Cuando tuve necesidad de un seudónimo recordé a aquel escritor desconocido para todos y como un homenaje, y para protegerme de las iras de mi padre, firmé Pablo Neruda. Después este nombre siguió conmigo», explicó el 21 de enero de 1954, en la segunda conferencia del ciclo «Mi poesía», leída en el Salón de Honor de la Universidad de Chile. En cambio, cuando en abril de 1969 en Río de Janeiro, la periodista Clarice Lispector le preguntó si su nombre había sido inspirado por el checo Jan Neruda, aseguró de manera escueta: «Nadie consiguió hasta ahora averiguarlo». Y meses después, ante idéntico interrogante, indicó de manera enigmática al periodista peruano Gustavo Valcárcel en Isla Negra: «Sólo yo lo sé en este mundo».

[Calle Nerudova, Malá Strana. Praga. 2017-DSC_1757-
©Mar Martínez]
En enero de 1970, en la extensa entrevista con la reportera argentina Rita Guibert, indicó que lo había olvidado: «Ya no me acuerdo de qué se trata. Yo tenía 13 o 14 años. Recuerdo que a mi padre le molestaba mucho que yo escribiera, con la mejor de las intenciones; porque él pensaba que eso de escribir llevaría a la destrucción de la familia y de mi persona, y que, especialmente, me llevaría a la inutilidad más completa. Es decir, él tenía su razón doméstica para hacerlo, razón que no pesó mucho en mí, en mi vocación. Y una de las primeras medidas defensivas que adopté fue el cambiarme de nombre». Guibert insistió en si había escogido su apellido por el citado escritor checo… «No me parece haber conocido el nombre del poeta checo. Eso sí que por aquellos años leí un pequeño cuento de él. Nunca he leído su poesía. Pero él tiene un libro que se llama ‘Cuentos de Malá Strana’, cuentos sobre la gente modesta de ese barrio de Praga. Es posible que haya salido de ahí mi nuevo nombre. Como le digo, el hecho está tan alejado en mi memoria que no lo recuerdo. Sin embargo, los checos me consideran como uno de ellos, como parte de su país».
           
              
[Pablo Neruda, Santiago de Chile, 1904-1973]
  Y, en septiembre de 1971, explicó a unos periodistas franceses: «Cambié de nombre a los 14 años, antes de ir a Santiago, por causa de mi padre. Era un excelente hombre, pero estaba contra los poetas en general y contra mí en particular. Llegó  hasta a quemar libros y mis cuadernos. Para él, había que ser ingeniero, médico o arquitecto […] Era como todas esas personas de clase media que han salido del campesinado y que deseaban ver a sus hijos subir en la sociedad. La única manera de lograr ese objetivo era la Universidad y las profesiones liberales». Recordó también a una de las personas que más perseveró, durante años y en distintos puntos del planeta, en estas pesquisas: el poeta y cronista checo Erwin Kisch. «La verdad es que la verdad no existe, por lo menos en la historia. Un día que temía más que de costumbre que mi padre descubriera la verdad –lo que hubiera sido una catástrofe- me tocó recorrer las páginas de una revista en la cual había un cuento firmado: Jan Neruda. Precisamente en esos momentos tenía yo que entregar uno de mis poemas a un concurso. Entonces tomé Neruda para segundo nombre y puse Pablo como primero. Pensé que sería por algunos meses».
 

Mario Amorós, ‘Neruda. El príncipe de los poetas. La biografía’ (Ediciones B, 2015)

*También te puede interesar: PRAGA Y NERUDA, Mar Martínez              

             
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